Archivo de la etiqueta: Policía Municipal

El cepo en España

Interesante artículo de la edición del 25 y 26 de diciembre de 1976, en la sección ‘El mundo del automóvil’ de La Vanguardia, escrito por César Mora.

El cepo LV
Reflexión medidas contra infracciones de tráfico

Era la primera vez que se regulaba la medida de poner cepos en los vehículos por infracciones de estacionamiento y Madrid la primera ciudad española que decidió acogerse a tan drástica solución.

Ahora resulta una lectura curiosa, amable, pero que transmite mucha información sobre los motivos que llevan a menudo a las autoridades a elevar las medidas coercitivas contra los conductores cuando fracasan la educación vial, el respeto a la norma y la responsabilidad pareja a las conductas sancionables. Así ‘nació’ el cepo y así, años después, se generalizó la grúa más allá de los requerimientos por vado y situaciones de riesgo, y se han multiplicado los radares, los foto-multa y los video-multa, y los coches con cámaras lectoras.

Sinceramente, el artículo merece una reflexión.

EL CEPO

Como un bonito regalo navideño, atado con sedosas cintas verdes, con llamativas y brillantes cintas rosa, con lazos violeta – que tanto visten – y con franjas de rico tejido carmesí aterciopelado, la Administración nos ha regalado a los automovilistas un nuevo cilicio: el cepo. El cepo consiste en trabar las ruedas del coche como unos grilletes, en inmovilizar un vehículo como si se le colocasen esposas al conductor. El cepo, por supuesto, no nos gusta. El cepo es el último recurso de una débil autoridad, de un municipio – el mayor de España – que se ve incapaz de cobrar sus sanciones por otros sistemas menos tajantes, más civilizados.

El cepo, los grilletes, las esposas – las mecánicas, claro -, nos recuerdan primitivos sistemas medievales, métodos de coacción o de tortura. El cepo tiene un aire intransigente, como chulapón: “’¡Ah! ¿Usted no paga? ¡Pues voy a inmovilizarlo!”.

Sin ánimo de efectuar comparaciones, aclaremos, como simple dato para la historia – la historia del cepo – que tan nefasto artilugio fue establecido en París bajo el régimen degaullista. En nuestro país hace años que aboga por él la Villa y Corte, la capital, donde, como es sabido, se abonan muy pocas multas municipales. No hay, por lo visto, otro sistema de acabar con aquello tan manido de “Usted no sabe quién soy yo”, que el de aherrojar a los coches, que el trabarlos con complicados y eficaces mecanismos.

La disposición ha recibido el espaldarazo en las recientes modificaciones al Código de la Circulación, según Real Decreto 2825/1976, de 1 de octubre, publicado en el B.O.E. el 23 de noviembre pasado. La disposición queda encuadrada en los artículos 292 y 292 bis, en los que se especifica que podrán colocársele los cepos a un vehículo “que se encuentre estacionado de forma antirreglamentaria, sin perturbar gravemente la circulación, y su conductor no se halle presente, o estándolo, se negase a retirarlo”. “Una vez inmovilizado el vehículo – sigue -, su conductor solicitará de la Autoridad competente – ¿cómo? , ¿por instancia? – su puesta en circulación, para lo cual habrá de satisfacer, previamente, el importe de los gastos ocasionados con motivo de la inmovilización”.

Bien; o mejor dicho, mal. Si se colocan los cepos a un coche estacionado en doble fila – práctica tan frecuente como intolerable en la Villa y Corte -, los que caerán en la trampa son quienes junto a la acera, disciplinadamente, tienen sus coches aparcados. Pagarán, como siempre, justos por pecadores. Si, como dice la disposición legal, se puede aherrojar a los que “no perturban gravemente la circulación”, ¿a qué tan draconiana medida? Si, por el contrario, se trata a los que se hallan en un punto peligroso, continuarán constituyendo un obstáculo grave para los restantes conductores.

Dirán ustedes que nos ponemos en lo peor y, en efecto, es así: Lo peor es el cepo: Imaginen que se colocan esos calzos inmovilizadores a un coche situado en una céntrica calle de Barcelona o de Madrid. Delante o detrás del infractor se detendrá que detener una camioneta y, paralelamente, los servidores del Municipio, con riesgo de su vida entre el denso tráfago, se deberán echar por el suelo para colocar los ingenios (¿) destinado a impedir que el coche circule. Otro tanto ocurrirá cuando, una vez atendida la solicitud del infractor y abonada la correspondiente multa, lleguen – cuando puedan – los policías municipales con los trebejos necesarios  para liberar el vehículo. Parecen operaciones un tanto primitivas para utilizarlas a estas alturas del siglo veinte.

Esperemos que en Barcelona subsista el “seny” y no se opte por estas medidas extremas. Puestos a ser violentos y coercitivos, lo mismo podría determinarse que se pinchasen los neumáticos de los coches mal estacionados o que se les insuflen unos gases que destruyan el automóvil en unos segundos. Todo se andará.